-¡Otro ron por favor!- escuchó el cantinero desde el otro lado de la barra, escuchó creo porque alzó la mirada hacia la esquina. Yo mirando la cerámica oscura de la barra, mi quinta cerveza supongo (cuando siento este cosquilleo es porque me he tomado cinco). Un día difícil, madrugar, despertar nervioso esperando la alarma con una sintonía que tengo que cambiar día con día (todas terminan rompiéndome la cabeza), tratar de encontrar fuerzas para sentarme acaso y levantarme a preparar un café con tintes de amargura. Caminar aquellas heladas calles, oscuras aun cuando salgo, a tomar el autobús para un viaje de aproximadamente dos horas. ¿Es necesario hacerlo? Si no es necesario no sé por qué lo hago, lo que sí es cierto es que eso se repite de lunes a viernes, semana a semana, año a año, necesidad supongo que sí, pues a nadie le regalan nada. Y eso me llevó a mirar la cerámica, oscura, con manchas de agua, los círculos perfectos de los tragos y las cervezas, restos de comida, bueno todo tipo de sorpresas se podría encontrar.

 

Mi típica noche de viernes, salir del trabajo y navegar aquella travesía que es cruzar la capital en hora pico, gente que va, gente que viene, choque aquí, choque allá, o sea todo normal, repetitivo, nada extraño, hasta después de otras dos horas llegar a Bolim, a unos 24 kilómetros de la capital, ya de noche, nunca veo el sol entre semana en mi casa, me visita más la Luna todas las noches  (y cuando no está sé que no es su culpa) que el Sol que se esconde para no verme. Los viernes siempre desvío mi ruta al bar del pueblo, que no será lo más lujoso, pero en la semana puedo decir que es lo más divertido que hago, muchas historias se topa uno ahí, peleas de borrachos, noches de karaoke, promociones, miradas, lágrimas, risas, sobre todo risas, ¡cómo se ríe la gente cuando no está lúcida! parece que necesitan meterse algo al cuerpo para reír. Con razón no me topo sonrisas de madrugada.

 

De titular siempre se encuentra Carlos “Alambre tieso” Varela que refunfuñaba en la esquina por el trago de ron que no le habían llevado aun, un hombre alto y flaco, de unos 50 años, era el que abría el bar con el cantinero temprano, y que cuando cerraban le hacía honor al apodo. Llegaba también, pero tarde siempre por un tapis, Fernando “Aquaman” González, un viejo de unos 67 años famoso por sus ceviches y buenos pescados de su negocio de al lado del bar, él cerraba y se iba directo a la barra a pedir un whisky a las rocas. Dicho y hecho, oí el portonazo del local de “Aquaman” y entró, estrechó la mano a los hombres de la esquina, me topó de frente, me saludó y preguntó: -¿La quinta birra?- dijo en tono amigable.

-Sí, creo- le contesté sonriendo.

-Se le nota- respondió entre risas y pidió su whisky. Todo normal, la misma secuencia, casi nada cambiaba, hasta que entró un tipo que no era del pueblo, Emilio, me dijo el cantinero que se llamaba cuando cerró el bar, un semblante serio, educado entró y saludó con buen ademán a los que estábamos, no éramos ni diez. Pidió al cantinero un vodka con soda, y empezó a hablarme:

-¡Qué cosas! No sé por qué acá me siento mejor que en casa- dijo con total ironía.

-Depende, si es casado tal vez lo entienda, sino ¿por qué lo dice?- contesté entre risas.

-Dio en el punto- riendo él también- en casa a veces me siento como un extranjero y mi mujer tampoco mejora nada, todo es gritos, desorden, ofensas, facturas, deudas, es fatal.

-El amor duele dice la gente- respondí mientras sonaban sirenas de la ambulancia o la policía no distinguí bien.

-Exacto, si no duele, no es amor- dijo como queriendo convencerse él mismo de lo que decía- Lo mismo parece suceder con la vida, ¿no?

– Yo, como Sócrates ¡sólo sé que no sé nada! creo que lo único por lo que vivo es por trabajar de lunes a viernes, para llegar acá, sentarme en la tercera silla de izquierda a derecha de esta barra, saludar a “Alambre tieso” en su esquina, luego a “Aquaman” cada viernes de ocho de la noche hasta la una de la mañana, levantarme sin equilibrio y regresar a mi casa, despertarme a almorzar el sábado con una goma increíble, y quedarme tumbado en la cama hasta el lunes que se reinicia el tiempo.

 

-¿Le duele vivir entonces?- preguntó quizás interesado en esperar una rotunda respuesta.

-No, no me duele, porque vivo solo unas horas, cuando estoy en el bar.- contesté sarcástico.

-Pues vaya vida, ¿no abrirán las veinticuatro horas para mudarme aquí?- dijo él entre risas cada vez más escandalosas, yo sonreí por cortesía.

-La verdad- continuó ya como despidiéndose, noté que se le acababa el vodka- ya no sé cómo distinguir entre vivir y no vivir, si vivir es lo que usted dice, aquí vivo y bien, en cambio en casa es un infierno, estoy seguro de eso, por eso me basta solo salir de mi casa o del pueblo para sentirme libre, fuera del tiempo, jamás pensé que llegaría a esto, a querer y rogarle a mi esposa salir aunque sea unos minutos por un trago, ¿acaso nada me haría más feliz que un trago? ¿Qué me impide a mí vivir como quiero? Sin gritos, sin deudas, sin facturas, sin tener que madrugar y trabajar como una máquina, dejar la vida monótona, sin hacer lo que la gente quiere que haga, sin presiones, sin pensar en como arreglar el techo o cual ropa usar, en dejar de quedarme como un imbécil con un pedazo de luz en la mano, sin importar lo que digan las personas, nada lo impide, pero vivo o vivimos con miedo, de todo eso, y tras de eso nadie sabe amar, o yo al menos ya no sé qué es amor o qué será amar, pues besar a mi esposa es como darle un beso a este vaso, si me mira más de una vez es algo maravilloso, creo que todo siempre termina aburriendo.

-La vida y el amor duelen, no hay duda- le respondí tajante.

-Digamelo a mí y a mi esposa- dijo terminando el último trago y dando media vuelta salió.

 

Terminé la noche normal, como siempre, esperé que fueran la una para irme a mi casa y caer rendido ante la almohada. Desperté como de costumbre tarde, pasado el mediodía, con la boca seca. Ya no aguantaba y me levanté y me dirigí a la cocina, me serví un vaso de agua y encendí el televisor. Pasando canales, vi una cara familiar, era la de Emilio, estaba en las noticias, lo habían capturado como principal sospechoso de la muerte de su esposa el día anterior. Al parecer la mujer había sido asesinada con arma blanca, un ataque certero a la espalda. Calculaban que el evento ocurrió pasadas las ocho de la noche, los vecinos oyeron un escándalo, por lo que llamaron a las autoridades asustados de los gritos y zafarrancho que podían deducir. Sin duda fue Emilio, no había ni hubo dudas, él confirmó los hechos, lo que me costaba imaginar era aquel tipo serio y educado, de malos chistes, hasta cierto punto tonto, quitarle la vida a su querida esposa. ¿Quién diría que ayer hablaba con un asesino? Ayer era un simple don nadie y hoy es un homicida, ayer hacía malos chistes, hoy está encerrado, ayer no sabía cómo librarse de las deudas, del trabajo, de las facturas, de todas las preocupaciones, hoy por fin va a vivir supongo, pues ya no va a tener que lidiar con eso.

 

Sin duda la vida y el amor duele, y mucho, pero para otros puede ser un infierno.

 

vango

Van Gogh Vincent, Viejo hombre en dolor (en el umbral de la eternidad) 1890

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